jueves, 29 de enero de 2009

EL GOZO Y SU SOMBRA - COSAS DE LA VIDA -

El botón de su blusa nos tenía a todos estrábicos, y aquel puñetero hilo que parecía querer estallar en cualquier momento se resistía como un dique de contención en una presa al límite de su capacidad. No sabíamos por qué milagro aquel diminuto pespunte podía resistir tanta presión ni como demonios podía mantener tan al límite la fuerza de su resistencia, pero estoy seguro que nunca hubo tantos ingenieros en tan pocos metros calculando la calidad de aquellos materiales.
Indudablemente ella se sabía el centro de todas las miradas, pero poco o nada parecía preocuparla salvo jugar con su gran mata de pelo, soltar una carcajada en momentos muy concretos y dejarnos a todos con un vahído babosón que parecía hacerla disfrutar.

El final del aperitivo siempre era traumático, no sólo para mí sino para la mayoría de los presentes, que por una u otra razón se mantenían prendados de la diosa del pelo negro y sonrisa de marfil que al marcharse dejaba en el aire un suspiro resignado que podía escucharse sin necesidad de haber sido emitido.


El giro de su cintura al despedirse y hacer un escorzo para bajar del taburete hacía resaltar aún más la ajustada talla de su blusa camisera y cómo una falda tan sencilla como aquella podía lucir tanto en un cuerpo tan lleno de verdades. El grupo de admiradores se desvanecía con la ilusión de reencontrarse al día siguiente pero con la sensación por mi parte de no haber alargado suficientemente el tiempo de las marrullerías.

Aquella estudiante de letras acudía diariamente y casi siempre a la misma hora a nuestra cita. Yo, nervioso; ella, tranquila y dueña de sus actos; me dejaba hacer sin deshacer, me dejaba hablar sin rechistar, me dejaba llegar pero sin tocar, me dejaba mandar sin acatar. Total, que hacía de mí lo que le daba la gana y yo como un tontito le servia vino tinto y pimientos rellenos que era lo que le gustaba. Y para lo que me quería.

El contrapunto de ese rato vivido a primera hora lo ponían siempre los más rezagados de la mañana, sobre todo un grupito de gente entre los que destacaba un señor de gruesas gafas, comisura de labios un tanto blanquecina, importante nariz colorada, traje oscuro y cruzado con chaleco a juego, hombros nevados de escarcha, pelo sin recortar, canoso y mal alineado. Ávido de vino tinto, apremiante al demandar, y exigente al repetir, parecía dirigir al resto.

Aquel grupito de hombres siempre nos hacía retrasar, debo de confesar que les tenía una cierta manía que no dudaba en mostrar, sirviéndoles con desgana y escaso interés, ya que de ellos dependía que yo pudiera irme a comer.
El señor de las gruesas gafas parecía dirigir la conversación y todos los demás hacían de acólitos suyos, asintiendo sin oponerse. Diríase que a pesar de su cascada voz hablaba como sólo un catedrático podía hablar a sus alumnos. Yo no hacía más que observarlos a cierta distancia, sólo esperando el momento de que iniciaran la retirada para empezar recoger.

Nunca valoré aquel personaje que me entretenía más de la cuenta y que por sus modales no parecía ser precisamente un dechado de cortesía. Al cabo de los años lo descubrí en la contraportada de algunos libros y me sorprendió. Traté de saber quién era aquél al que yo servia de tan mala gana y me quedé muy sorprendido de haber tenido tantas veces delante de mí y sin saberlo a un escritor de su talla: Torrente Ballester. He leído después casi todo lo escrito por él, siempre teniendo presente en la memoria su descuidada figura, su corta vista, y su gusto por el buen vino.

Lo que ya es casualidad es que la estudiante que dejó de venir a verme porque desde el grupo de teatro del S.E.U. la contrataron para una gira de verano en una compañía profesional se llamaba Charo López y al cabo de un tiempo lograría su gran papel con la novela de Torrente Ballester: “Los gozos y las sombras”. Los dos habían coincido sin saberlo en el mismo lugar y casi a la misma hora, en la barra del Plus Ultra atendidos por mí.

domingo, 25 de enero de 2009

LA ZAGALONA - CUANDO SER ECOLOGISTA NO ESTABA DE MODA

Aquel pequeño manantial resultaba incómodo para conseguir un poco de agua; cansados de tener que acuclillarse para poder beber aquel grupo de amigos decidió acabar con la maleza circundante y despejar un poco la zona. Reunieron palas, azadones y una vieja carretilla y se metieron de hoz y coz hasta dejar el camino expedito para recoger agua sin demasiado esfuerzo. Su sorpresa fue encontrar una vieja arqueta que recogía el agua que caía a través de un tubo de hierro. Después de despejar la arqueta encontraron un rectángulo que parecía dispuesto como sala de descanso, algunas piedras les indicaron la forma cuadrada en que debieron estar dispuestas en su origen, con lo que procedieron a recomponer la escena transportando otras piedras de los alrededores hasta dejarlas como parecía que había estado originalmente, adoquinaron el suelo de aquella especie de sala de estar con lanchas de los alrededores y, cuando buscaron una salida natural para evacuar el agua que rebosaba de la pileta, descubrieron también una canalización de riego que se dirigía hacia lo que debieron ser huertas junto al río. Desmontando aparecieron grandes bloques de granito que, trabajados en algunas caras, daban la sensación de haber sido parte de alguna construcción o al menos de alguna portada o frontal de la antigua fuente. Reunieron todas aquellas moles de piedra intentando, sin conseguirlo, recomponer lo que pudo ser su arco de entrada, por lo que las dispusieron repartidas alrededor de la propia fuente en forma de mesas de grandes dimensiones.

(Vease el desnivel que tuvieron que allanar para dar salida al agua. En el horizonte, casi en línea con la zanja puede apreciarse con dificultad una yunta de bueyes trabajando)
Dejaron allí sus horas de descanso. Una de las moles de piedra fue dispuesta en sitio preferente encima de la propia fuente tras titánicos esfuerzos, debido a la falta de medios. Dispusieron tres hileras de arbolado siguiendo el desagüe original hacia el río, cuidaron de poner bidones a modo de papeleras para evitar residuos, disfrutaron viendo como familias enteras se acercaban hasta allí para pasar la tarde o hacer un alto en sus paseos por la orilla del río, se dieron por bien pagados cuando alguien les manifestaba su agradecimiento o cuando, sin identificarse, podían escuchar comentarios elogiosos sobre el cambio producido en el lugar y la sensación de que con su esfuerzo e imaginación habían reconstruido un emblemático lugar y habían recuperado para la ciudad un mítico punto de descanso y sosiego.
Esta fuente junto con La Platina tuvo fama en Salamanca de tener aguas con propiedades curativas, y podía verse cada día un peregrinar de gente acarreando agua para su consumo. La de La Platina ahora puede conseguirse previo pago, la de la Zagalona se hizo desaparecer.
De todo esto no queda nada, lo que llaman desarrollo o urbanización acabó con un rincón entrañable y emblemático; sólo queda el recuerdo de los que lo vivimos casi en primera persona y unas fotografías que dan fe de cómo la sensibilidad por el medio ambiente, cuando aún no estaba de moda, germinó entre un grupo de amigos que quisieron conservar para Salamanca y los salmantinos un trocito de paz y un rincón para el descanso que no hemos sido capaces de respetar. Cuando he paseado por Salamanca he intentado encontrar algún rastro que identificara el lugar donde estaba la fuente, ahora es ya imposible, sólo unos chopos que crecen salvajes me hacen pensar que por allí debió estar la vereda plantada por aquellos entusiastas de la naturaleza, cuyas raíces guardan el recuerdo y el agradecimiento que Salamanca no supo conservar.
(Parte del grupo de amigos que trabajó en la fuente, seguramente estarían celebrándolo. Mi padre está en el centro)
Tristemente el camino que más o menos conducía hacia la fuente se llama ahora “del Campo Charro”, nombre que puede aplicarse a cualquier otro camino. Quizá con más acierto sería deseable que éste se denominase “CAMINO DE LA ZAGALONA”, tanto en homenaje a la fuente que fue famosa y popular en su momento como en recuerdo de los que trabajaron en ella con tanto cariño y especial empeño.
Cada vez que alguna organización ecologista sale en la prensa haciéndose eco de algún movimiento proteccionista no puedo dejar de acordarme de mi padre y su grupo de amigos, pioneros sin saberlo de un movimiento que pasados los años está adquiriendo caracteres de movilización general en favor del medio ambiente, y ello en unos tiempos en que al hacerlo se exponían a toda suerte de mofas por la incomprensión general. Desde entonces cada vez que veo un árbol maltratado o la desidia en algún lugar público me vienen a la memoria recuerdos y olores que aprendí de la mano de mi padre y su grupo de amigos que sin pretenderlo hicieron de mí un amante de la naturaleza.

Nota: El nombre de la fuente proviene de una moza de buen ver que habitaba en la cercana cueva de la Mucheres, y que acarreaba el agua con sus cantaros, llamando la atención por su hermosura y desenvoltura en el acarreo, A esta zagala para destacarla de las demás se la conocía como LA ZAGALONA de ahí el nombre de la fuente y no “cagalona” como en el argot popular se la denominó.

domingo, 18 de enero de 2009

UNA ESCENA COTIDIANA

Tengo una buena amiga que se llama Magda, es catalana y ejerce de tal desde que se levanta; nos encontramos en alguna ocasión en la misma parada del autobús para iniciar la jornada de trabajo. Ella, ya jubilada, está siempre activa y suele acudir a clase a la Universidad con un maletín con las letras de Ezquerra Republicana en lugar bien visible.

Presume de no hablar con nadie si no es en Catalán, pero conmigo, no sé por qué, terminamos hablando siempre en castellano; noto que no le gusta nada tener que apearse de sus convicciones y mira a su alrededor como avergonzada por si algún conocido la reconociera hablando en ese idioma. Hoy se ha dado producido una escena curiosa. Nos hemos sentado uno frente al otro, ella con su maletín de Ezquerra y un adhesivo reclamando los papeles del archivo de Salamanca; yo, enfrente, con una preciosa agenda de un organismo oficial de la capital charra, con letras y escudo bien destacados en la cubierta. Al poco nos hemos mirado uno al otro en medio de una risita cómica y contagiosa.

Magda es muy buena persona, transparente en su manera de proceder y muy convencida de su empeño separatista. No le gusta mucho que le recuerde que sus hijos están trabajando en otra autonomía, con lo cual sus nietos hablarán gallego, lo que dificultará su relación, ni de que su ahora espléndida pensión procede de su trabajo en Telefónica cuando esta compañía era estatal, por lo cual tenían economato y una serie de ventajas que sólo unos pocos privilegiados adictos al régimen podían conseguir. Magda es para mí un ejemplar único como persona y como amiga.

Nos hemos despedido al terminar mi recorrido, Magda siguió su camino lo que me dejó pensativo durante un rato por la situación vivida.

Los dos somos especies en extinción, tanto sus hijos como los míos crecerán en ambientes distintos a los de nuestros orígenes, dando vida en otras comunidades, por lo que desaparecerán barreras tanto físicas como idiomáticas y será habitual el intercambio cultural entre naciones. Esto llevará a la unificación de símbolos y banderas, es muy posible que las próximas generaciones no entiendan la división de mapas ni el empeño en ser diferentes, estoy seguro de que el intercambio cultural hará desaparecer el interés patrimonial y resultará absurdo dentro de un tiempo pensar en barreras físicas diseñadas a golpe de espada y en beneficio del señor del lugar. Seguro que Magda y yo somos dos ejemplares con fecha de caducidad para bien de las futuras generaciones, pero mientras tanto ahí andamos erre que erre con nuestra política particular y el deseo de resaltar lo nuestro. No sé si es bueno o no, pero en el fondo nos obligamos a estar al día de cuanto acontece en nuestras comunidades. Mientras haya Magdas por el mundo tendremos la obligación de estar a su altura; mientras tengamos Magdas en nuestro entorno el mundo será mejor, ya que nos obliga a superarnos aupando con nosotros a los que nos rodean.

Estas navidades felicité a Magda con un poema en defensa de nuestro idioma, como no podía ser menos ella me felicitó con uno de Verdaguer. Desde ese momento me impuse la obligación de leer al celebre Mossen, los dos salimos ganando.

jueves, 15 de enero de 2009

EL HOGAR CASTELLANO LEONES

Me llega el programa de nuestra casa para los dos primeros meses del año. Tendremos la matanza del cerdo, diversas actuaciones, excursiones y, como no, la celebración de la fiesta de Santa Águeda en la que las mujeres, además de gobernar todo el año, ese día lo quieren celebrar.

Todo parece perfecto para que los Castellano Leoneses celebremos nuestras costumbres, no las perdamos y nos juntemos en un hogar que es el nuestro, espléndido de instalaciones y sobrado de recursos, con un número de socios que va en aumento y con el empeño unánime de mantener nuestras tradiciones, incluidas las procesiones de Santa Teresa y Santa Águeda.

De todos modos hay cosas que no podemos callar: la escasa implicación de la Junta de Castilla y León en colaborar con nosotros en la mejor difusión de nuestra cultura, la tacañería de las diputaciones y ayuntamientos a los que se les pide ayuda cuando celebramos el día de la provincia respectiva, la mezquindad de respuestas que se nos brinda cuando aducimos la obligación moral de estar con nosotros, y lo que es peor, el manoseado discurso que tenemos que escuchar una y otra vez, cuando el político de turno aparece por aquí.

La verdad es que cuando en nuestra tierra se extrañan que la Generalidad abra sedes fuera de España para extender su cultura, nosotros desde aquí tendríamos que gritar la incapacidad de los nuestros para mantener lo que tenemos, es lamentable tener que sentir envidia de los extraordinarios reflejos que desde Cataluña se observan para adelantarse al futuro mientras que desde Castilla y León se nos ignore como hijos no deseados.

Ahora estamos a punto de cambiar de sede porque el edificio que ahora ocupamos está afectado por un nuevo plan urbano del Ayuntamiento, hemos pedido colaboración a nuestras autoridades en el asesoramiento y respaldo institucional, pero tristemente seguimos esperando respuestas que si llegan no serán necesarias por estar fuera de tiempo. Menos mal que siempre hay paisanos que sienten la tierra como propia y no han escatimado esfuerzos ni medios poniendo a disposición de esta entidad todo su bagaje de medios y conocimientos de forma desinteresada. Tenemos que deplorar el victimismo del que hacen gala nuestras autoridades cuando les interesa y cómo se esconden cuando hay que dar la cara y marcar el camino a seguir.

Queridos paisanos: en la calle de San Andrés, 4l2 hay un magnifico edificio que si bien reza como hogar centro Castellano y Leones debería decir: de los Castellano Leoneses residentes en Barcelona ya que la Junta aquí apenas pone nada mas que el nombre. Supongo que cuando estemos en la nueva sede se disputarán el derecho a inaugurarla para la foto de rigor y nosotros trataremos de mostrarnos como hijos legítimos de nuestra tierra cuando en realidad nos sentimos como los repudiados de nuestras administraciones.

sábado, 10 de enero de 2009

LA VIEJA NORIA....... DE SALAMANCA A SANTIZ DE SANTIZ A BARCELONA

El viejo coche de línea nos traía medio “atoraos” de tanto traqueteo y olor a gas-oil, el desvencijado cacharro en manos de mi tío Valentín parecía desasosegado por llegar a su destino, podían oírse los bufidos del motor pidiendo agua ante una cuesta, soltando bocanadas de humo.

La aventura del viaje no tenía desperdicio, el motor se calentaba y había que quitarle la tapa que lo cubría para que se ventilara mejor, el aire interior se viciaba de tal modo que las ventanillas eran pocas para dar paso a tantas cabezas, que babeantes y compulsivas evacuaban sin remedio lo mas íntimo de sus entrañas.
Los pueblos del recorrido Calzada, Forfoleda, Torresmenudas, Aldearrodrigo, Zamayón, eran una constante caja de sorpresas, el coche de línea se convertía en estafeta de correos, portador de paquetes y encargos así como de noticias y sobresaltos. La baca salía de Salamanca llena con una amalgama de cacharros que parecía imposible poder encajar e iba encordada hasta parecer más voluminosa que el propio vehículo, empezaba a desgranarse en las paradas de cada pueblo, y banasta por aquí, cajón por allá, maletas por otro lado, maraña de cuerdas asegurando el contenido de alguna malparada caja de cartón y algún andelicordio para el hogar, hacían del coche de línea un muestreo de cirimeneos que describía perfectamente la vida de los pueblos y de su gente.

No pocos se acercaban a mi tío para que les explicaran como habían visto a la muchacha que tenían sirviendo, o al quinto que parecía no estar muy contento en el cuartel o para preguntar por aquella carta esperada durante meses pero que nunca llegaba.

La llegada a Santiz era para mí un momento emocionante, el huerto de mi abuela a la entrada del pueblo con un membrillar que parecía querer saltar la tapia para darnos la bienvenida y el cigüeño haciendo guardia junto al pozo como quijote en su vela de armas antes de hacerse caballero me decían que estábamos en casa.

La misma plaza era el dormitorio del rebaño de cabras, el olor y el ronroneo de sus esquilas ponían el contrapunto al vuelo rasante de los vencejos, gorriones y estorninos que dormían amparados por el nido de cigüeña instalado en la espadaña de la Iglesia.

Nada más llegar, y después de los obligados achuchones de mi abuela, el olor a humo que se percibía nada mas transponer el portón de la entrada me relajaba de todas las aventuras del viaje, y sólo el abrazo de la lumbre y el crepitar de las brasas parecían despertar en mí la sensación de haber llegado a la tierra prometida.

El verano se dividía entre montar en burro ir a las eras, acompañar a regar a las huertas, acercarnos hasta la fragua del pueblo para ver enderezar aperos, afilar rejas y encastar los aros de la rueda de algún carro desvencijado y todo lo que suponía aventuras sin pensar en las consecuencias, hasta que mi abuela que nos lanzó aquella despedida de: “Iros, benditos de Dios y cagaos de las moscas”. La pobre mujer no hacía vida de nosotros y le dábamos unos sustos tremendos al desaparecer durante horas por acompañar un acarreo o por aparecer después de haber encalcado la paja de varios carros con la ropa menos apropiada.

Cuando después de muchos años he regresado a mi Santiz ya no es el que yo recuerdo, la concentración parcelaria acabó con muchos rincones entrañables, la emigración diezmó su población y sólo el arraigo de unas cuantas familias mantienen en el pueblo costumbres y añoranzas.
De regreso a Salamanca me he parado en el cruce de Palacios para retener imágenes, el pueblo sigue su vida ahora con ruido de tractores y antenas de televisión en sus tejados, algún ganado presta el sonar de sus esquilas a mis imágenes, la espadaña de la torre sigue acunando cigüeñas y la desvencijada noria que en su tiempo fue la envidia del entorno se deja morir por abandono.


VIEJA NORIA

Vieja noria mía, herrumbrada y rota,
Canjilones dormidos que la hiedra arropa,
Los tules de plata que cubren tu boca
Me dicen que el tiempo tejió una losa.

Recuerdo tus tardes frescas del verano,
Recuerdo tu agua brincando en mi mano,
Las matas preñadas, la aceña rasando
La vieja botija en ti refrescando

Tu tapia de huerto de piedra arropando
El portón, que de viejo se mueve arrastrando
El cierre seguro de puerta sin amo,
Corona y muralla, de reina del campo.

Vieja noria mía, ya somos pasado
Mamé de tu fuente, bebí de tu agua,
Tú tienes legañas, herrumbre, chatarra,
Yo tengo costuras, que marcan el alma.

Vieja amiga mía, reposa y descansa
Mas no dejes nunca que enturbien tu agua
Que siempre recuerden por limpia y por clara
Y sólo quisiera que algún nieto mío pudiera probarla.




jueves, 8 de enero de 2009

FABRICANTE DE SONRISAS

Yo, reciclador impenitente, he llegado a casa con la conciencia de haber tirado a la basura lo más atractivo que los juguetes de mis nietas tenían. Me he visto rodeado de cajas y envoltorios de lo más llamativo, coloreados con unas ilustraciones realmente sorprendentes y unas posibles aplicaciones que con no mucha imaginación podrían ser infinitas; estos reyes magos no saben lo que hacen.

Cajas de muñecas con fotos tan fidedignas que parecen naturales y casi a tamaño real, reproducciones de camiones, coches y todo cuanto pueda imaginarse en un alarde de colores y detalles que en otro tiempo con una tijera y un tirachinas podría dar lugar a un juego más interesante y entretenido que cualquiera de los automatismos actuales.

Los juguetes de ahora juegan solos, no hace falta imaginación, sólo apretar un botoncito y el aparatejo tan carísimo hace lo que el programa le indica, pero ¿qué pasa cuando el dichoso cacharro repite una y otra vez la misma cosa y el niño de turno le da la primera patada? El juguete costosísimo queda relegado al rincón de los desechos sin más utilidad que lo que las pilas de turno puedan dar de sí.

Tengo la experiencia de haber jugado con mi nieta durante horas con un simple tablero y la silueta de unos zapatos que unas veces parecía calzarlos pulgarcito y otras podían ser cobijo de un pajarillo despistado al que la noche se le había echado encima en medio del bosque. Su boquita entreabierta cuando me escuchaba y sus preguntas puntualizadoras cuando la improvisación de una segunda versión me traicionaba son una imagen que almaceno como un recuerdo entrañable, cosa que no me ha sucedido viendo como el último juguete de moda juega solo y termina por aburrir a la niña y cansar a todo el que la rodea.

Otro recuerdo de reyes, hablando de reciclaje, fue cuando parecía que mi casa en Salamanca quedaba fuera de la ruta de los reyes magos y como no me parecía justo que mis hermanos pequeños se quedaran sin juguetes, decidí convertirme en fabricante y ese año les trajeron una pista de coches con gasolinera, garaje de dos plantas y un sin fin de coches en miniatura. No sé si a mis hermanos les haría tanta ilusión recibirlos como a mí fabricarlos, pero de aquel juguete disfrutamos todos, menos la vecina del piso de abajo que por tener que fabricarlos con nocturnidad, padeció los insoportables golpes de martillo que podemos imaginar.

Ahora esto parece inconcebible, los niños disfrutan de los juguetes mientras los abren y, una vez vista la sorpresa, siguen abriendo paquetes sin dar demasiada importancia al que descubrieron con anterioridad para terminar jugando con el globo que servía de adorno o con la caja que tenia una ventana transparente para mostrar su contenido.

Queridos reyes magos, yo seguiré fabricando los juguetes porque es la única manera de que me echéis el interés de mis nietas, su carita emocionada y un dialogo personal que con nadie más puedo repetir, si eso se pudiera comprar tendríais en mí vuestro mejor cliente, pero mientras tanto seré el más ilusionado fabricante de sonrisas del mundo.

domingo, 4 de enero de 2009

EN LA PLAZA DEL CORRILLO JUNTO A LA PLAZA MAYOR

La entrada en aquel edificio era un tanto tétrica, por el abandono que mostraba ya desde la calle. El hueco de la escalera aprovechado como kiosco de periódicos extendía sus novedades por las paredes y la puerta de entrada; una cuerda con pinzas de madera a modo de tendedero doméstico se pegaba como una enredadera por las paredes impidiendo el paso. El escaso metro de anchura del angosto portal era ocupado como almacén, diseminando por doquier los fardos de periódicos y revistas que parecían las raíces que daban lugar a aquella madreselva de frutos de imprenta.

El pequeño habitáculo por supuesto no daba para lujos, y mucho menos podía disponer de un indispensable mingitorio, lo que daba lugar a supuestas evacuaciones de urgencia con medios artesanales. Todo ello podía intuirse por los olores; que se mantenían de manera más o menos intensa y que se podían detectar al punto de llegar al dintel de la puerta.

La escalera era estrecha, desconchada, de escalones carcomidos, las paredes que estaban rayadas hasta el infinito, con inscripciones de todo tipo y con auténticos surcos en el yeso, dejaban ver el ladrillo en su más desnuda manifestación. La barandilla, para no desentonar en el conjunto, carecía de algunos barrotes y agarrarte al pasamanos para darte impulso y saltar por encima de los fardos desencadenaba un movimiento en toda la estructura que dejaba temblando la balaustrada durante un buen rato.

La puerta del primer piso correspondía a un almacén de zapatería. Por su estado podía deducirse su escaso uso, pues las pelusas competían por hacerse un hueco amontonándose unas sobre otras al paso de cualquier mortal. Con la altura la escalera recibía algo más de luz por un ventanuco que la que entraba desde la calle, al mismo tiempo la propia claridad hacia más elocuente la cantidad de telarañas que colgaban del techo, que por lo tupidas y consolidadas debían tener contrato vitalicio en aquella propiedad.

La puerta del segundo piso disponía de un amplio agujero por el que podía verse el hall de entrada sin necesidad de abrir la puerta, el cambio de una vieja cerradura había dejado un hueco importante en el marco que nadie se había preocupado de tapar. Mientras abrieron la puerta me dio tiempo para evaluar la desidia y el abandono que reinaba en el lugar y cómo una verdadera alfombra de polvo seguía escaleras arriba. También pude ver una legañosa bombilla que por ser de día no lucía pero que me hizo dudar si por la noche tendría alguna utilidad dado que la maraña de visillos que la cubrían parecía dispuesta a neutralizar cualquier intento de cumplir con su cometido.

Una vez me abrieron la puerta las sorpresas siguieron sucediéndose. Varias hileras de mujeres encorvadas sobre sus rodillas cosían sin descanso los trajes de la alta burguesía Salmantina. Unas diminutas tajuelas era todo el asiento del que disponían y sólo una o dos de ellas tenían el privilegio de disfrutar de sillas de enea que con el tiempo se habían desfondado, pero que a base de cuerdas y mañas conseguían mantener en activo. Los hombres permanecían de pie y eran los encargados de planchar las prendas conforme las mujeres daban por terminado su parte en aquel trabajo.

Todo me parecía un poco irreal y sin salir de mi sorpresa pude apreciar como dos de aquellas chicas se disputaban la oportunidad de disfrutar de la piedra que servía de soporte a una de las planchas, tratando por todos los medios ponerla a su lado para calentarse. Al final fue el jefe de aquel taller quien decidió a quien de las dos correspondía el turno de tan precaria calefacción no sin ahogadas alegaciones de la perjudicada.

Aquellas pobres mujeres se pasaban diez y doce horas todos los días sentadas en los diminutos asientos, sus espaldas curvadas y tensas como arcos de flecha no tenían oportunidad de relajarse y sólo aduciendo alguna pregunta sobre el trabajo realizado les permitía destensarse. Las piedras que servían para posar las planchas entre los distintos cambios de prendas eran disputadas entre ellas como única calefacción y envolviéndolas en tiras de ropa vieja procuraban ponerlas a su lado para calentarse los pies y los dedos de las manos cuando se entumecían, para poder seguir manejando la aguja. Nadie hablaba en aquel taller, sólo el golpeteo de las planchas y las llamadas de atención rompían un silencio que hacía más tensa la agotadora jornada. Fue un alivio el día en que repusieron los cristales que faltaban en las ventanas, ya que, al menos decían ellas, el cierzo no se notaba tanto.

Cuando salí a la calle no pude dejar de mirar hacia aquel segundo piso de la plaza del Corrillo donde los trabajadores tenían que aguantarse las evacuaciones mayores hasta reventar o salir a la carrera hacia la calle tratando de llegar a tiempo a cualquier lugar donde aliviarse. El dueño de sus vidas tomaba café cada día en el casino y era respetado y envidiado en su entorno como empresario solvente.

Podía pensarse que estoy hablando de un taller clandestino con personal venido del Este, pero no, esto sucedía en la España de l958 muy cerquita de la Plaza Mayor, sus nombres eran... Carmen, Isabel, Hortensia, Joaquina, Eugenia, Balta, Manolo, Jose Maria..... Para ellos mi recuerdo, cuando ahora en una redada policial se descubren talleres clandestinos y todo el mundo se exclama no puedo por menos de recordar que en la España de los sesenta también los había, y no clandestinos precisamente, como también había niños trabajando sin que entonces se llamara explotación infantil.

Ésta fue la España que dio paso a la otra España del bienestar, éstos fueron los niños que, ahora abuelos, tiran de sus nietos para que los hijos sigan trabajando, éstos son los jubilados que con pensiones exiguas calientan sus cuerpos al sol de Benidorm como limosna del régimen al que dieron su vida, ésta es la generación que vivió la posguerra dura y difícil para los que el bienestar se mide por el estatus de sus hijos, que en su tiempo produjeron beneficios y desarrollo y ahora resultan gravosos en cualquier autonomía por que restan dinero de sus presupuestos.

¿Qué pasaría si los abuelos nos declarásemos en huelga de brazos caídos? ¿Cuántas empresas no tendrían que cerrar por falta de guarderías para los niños? ¿Cuándo se supone que llegará nuestro tiempo?

jueves, 1 de enero de 2009

EL DIA QUE ME SENTÍ REY MAGO

Mi señorita del colegio Francisco de Vitoria lucía siempre las uñas pintadas, encima de su mesa tenía una maquinita para sacar punta a los lapiceros. Usaba siempre un lápiz grueso de dos colores, que por un extremo escribía en rojo y por otro en azul. Siempre gastaba antes el de color azul porque el rojo era el de las malas notas y a ella no le gustaba ponerlas.
Sólo tenía un lápiz y al cabo de pocos meses escribía casi, casi, con las uñas y a mí me daba un poco de pena y siempre pensaba que como pudiera le regalaría uno bien grande para que no tuviera que escribir con los dedos. La señorita Mercedes era mi preferida.
La señorita Mercedes debió ser rica antes de la guerra porque tenía un abrigo de pieles, ahora debía ser pobre, porque lo tenía ya muy rozado y no se lo cambiaba. La señorita Mercedes si tuviera dinero no escribiría con una colilla de lapicero.

Mi primo Federico vivía en el Banco de España; en un piso con calefacción, ascensor y una lavadora de la marca Bru, que como tenía ruedas en las patas se ponía a lavar y salía corriendo. Mi madre decía que mas bien “masaba” la ropa.
Mi tío Fortuna, el padre de mi primo Federico, ganaba mucho dinero pero a mis primos no les daba paga los domingos. Una vez de tanto dinero que tenía nos dio a cada uno una peseta de papel ¡Sin estrenar!
Una noche, durante las vacaciones de Navidad, cuando las oficinas del banco estaban cerradas y los guardias estaban cenando, cogimos las llaves que tenia mi tío Fortuna y nos metimos dentro de las oficinas. A mí no me dejaron entrar y me quedé vigilando fuera pero con la condición de que me trajeran un lápiz gordo que escribiera azul y rojo.
Cuando salieron, traían muchas cosas en los bolsillos, y a mí para que me callara y a regañadientes me dieron alguna cosa, pero menos que ellos. Yo no dije nada y me lo guardé todo sin mirar, pero me aseguré de tener el lapicero gordo que escribía rojo y azul.
Entre otras cosas también me dieron dos gomas de borrar, eran de lo más suave, nuevas, con un olor intenso como de canela; una era de la marca Milán, y otra más larga, larguísima, de la marca Pelicano, que podía hasta borrar tinta.
Había otras cajas que debían de valer mucho, por lo que pesaban, pero que yo no sabía para qué servían. Se trataba de unas barritas de metal en forma de u, que se partían en cuanto las tocabas, como no podía enseñárselas a nadie, me quedé con las ganas de saber para qué eran.
La mañana siguiente la pasé entre el remordimiento por lo que habíamos hecho y la ilusión del regalo que le tenía preparado a la señorita Mercedes. Le traería el lápiz en cuanto pudiera, se lo dejaría encima de la mesa antes de que llegara y esperaría para ver su cara de alegría.
Lo guardé todo el resto de las vacaciones sin decírselo a nadie y, cuando reanudamos las clases después de Navidad, lo primero que hice fue dejárselo encima de su mesa en la clase.
Cuando llegó y después de darnos la bienvenida preguntó por el rey mago que le había traído aquel magnifico obsequio; yo de vergüenza agaché la cabeza para que no me viera, y deseé de todo corazón que sacara punta a aquel lapicero para verme abrazado en su mano.

Después de multiplicar por diez los años en que viví esta historia tengo siempre en mi escritorio una o dos gomas de borrar, un lapicero y la grapadora por la que descubrí para qué valían las barritas que se rompían con tanta facilidad. Lo que no puedo remediar es que los lápices de colores se pierdan con total indolencia por parte de los niños de hoy, saturados de juguetes pero faltos de ilusión y sobre todo del valor de lo que tienen

Ahora el edificio del Banco de España pasa a ser propiedad de la ciudad de Salamanca, para mí siempre será la casa de mis primos y el escenario de mil aventuras, con guardias en la puerta y gallinas en su torreón.
Más adelante explicaré la historia del gallo al que inoportunamente se le ocurrió cantar a la salida de misa de la Iglesia del Carmen y la bicicleta fantasma que recorrió los pasillos hasta la caja fuerte sin que nadie supiera como llegó hasta allí.

Este soy yo

Hace ya muchos años que las circunstancias me hicieron dejar Salamanca por motivos profesionales, instalándome en Barcelona. Añoro mis raíces y cuando vuelvo pueden encontrarme paseando solitario a primera hora de la mañana por las calles que tanta cultura han acogido. Salamanca sigue presente en mí.
Siempre he sentido la necesidad de comunicar mis sentimientos, por si lo que a mí me parece interesante a alguien le pareciera útil.
Joaquín Hernández
Salamanca/Barcelona