Estamos asistiendo al espectáculo de la desfachatez y la prepotencia. Endomingados y engominados personajes puestos en el escaparate de la evidencia nos están enseñando con su despotismo que el mercado de las influencias y el fielato a que da derecho la política hacen de los cargos públicos un mercadeo incuestionable a base de dádivas y porcentajes.
A nadie consuela verlos entrar en los juzgados con dosieres, maletines y modelos de alta costura, pero pienso en cuantos estos maletines y estas chulerías han dejado en la cuneta por querer hacer las cosas honradamente. Me estoy refiriendo a las pequeñas o medianas empresas que en su momento pujaron
para entrar en un concurso o para la concesión de alguna licencia, respetando con mimo las bases y ajustándose a todos los requisitos solicitados. Me imagino la rabia y el desespero del pequeño y mediano empresario que reuniendo todo lo necesario y poniendo sobre la mesa la mejor oferta se quedara sin opciones sabiendo que el pliego presentado había sido desechado de antemano en beneficio de la mordida más suculenta, me imagino a este escrupuloso contribuyente viendo desfilar por su fábrica o taller a una serie de inspectores a los que nunca había visto antes, solo porque objetó no estar de acuerdo en alterar alguna factura.Trato de imaginar la rabia y el desespero de verse en la cola del paro de muchos asalariados abocados a ello porque su empresa no contó entre sus gastos la parte destinada a regalos y prebendas; trato de imaginar a estos repugnantes personajes viendo como todo un pueblo sigue aclamándolos, aumentando su ego y su soberbia al tiempo que visten las galas propias de sus rapiñas dando así marchamo de autenticidad a sus actuaciones haciendo alarde de sus relaciones sociales, para envidia de terceros. Pienso en fin que somos un pueblo demasiado lastrado por una educación dictatorial, conformados en las migajas dando por sentado que las cosas son así y que no tienen remedio.
Luego vemos a estos personajillos huidos de la justicia que desde países exóticos se ríen de ella y de todos nosotros dando por sentado que son superiores consiguiendo cobertura en programas de máxima audiencia con lo cual además se aseguran unos beneficios a cambio de airear sus vilezas, y entonces es cuando empiezas a pensar que si esto funciona así es que somos un pueblo aborregado falto de ideales adoradores del fantoche y admiradores del despotismo y el ventajista.
Mi indignación es mía, pero déjenme que sienta rabia ajena cuando ves a gente joven, luchando por salir del paro, creando empresas después de pasar por el laberinto de mil formularios, cuando sus ilusiones chocan con la roca de la administración, cuando después de todo esto ponen en el trabajo todos sus recursos y todas sus energías hasta que se encuentran con que en la realidad sólo funcionan las amistades y los contactos y es entonces cuando reniegan de ser honrados, maldicen por ser honestos y dejan de creer que el camino del éxito solo está empedrado por la constancia y el trabajo bien hecho.
A estos personajes del mangoneo en bolsillo ajeno es muy posible que les obliguen a resarcir lo sustraído pagándolo con cárcel o especies, pero ¿quién pagará las ilusiones perdidas de estos pequeños industriales y sobre todo de las familias que dependen de ellos? ¿Quién nos convencerá de que la política es un servicio a la comunidad? ¿Quién va a creer a las distintas televisiones cuando se rasguen las vestiduras ante casos violentos en los que aparecen como abanderados?





