Dicen que el viejo burro se murió buscando el agua, pateaba aquella noria y por más vueltas que daba no encontraba el agujero del que el agua aquél manaba. Algo parecido estamos viviendo en esta nuestra sociedad, no quiero aventurar aquí quien es el burro, pero si tengo claro quién se beneficia del agua y a quien le interesa que sigamos con los ojos vendados siguiendo la zanahoria que nos impide parar a pensar.
Cuando el entramado social de las grandes urbes se destruye, cuando con cierto desconsuelo lamentamos el cierre de establecimientos emblemáticos, cuando los desahucios son noticia diaria y el trasiego de maletas con pegatinas turísticas por nuestros barrios y centro de nuestras ciudades es ya una imagen cotidiana y por otra parte la búsqueda de un hueco donde vivir de forma estable es ya una odisea, no puede resumirse todo en una simple estadística en la que se nos dice que faltan viviendas. Esta es la manera detaparnos los ojos obligándonos a seguir andando en busca de una solución que nunca encontraremos al tenerla enterrada bajo nuestros pies.
En esta nuestra España no necesitamos más viviendas, lo que necesitamos es que las existentes no estén habitadas solo intermitentemente, no se puede permitir que los alquileres puedan pactarse por horas por días o por meses. En tiempos en que los alquileres eran por tiempo indefinido el entramado social era estable, las familias (de toda la vida) se conocían y se ayudaban, el tendero de la esquina era tu amigo y consejero, la soledad se compensaba dando una vuelta por el barrio y hasta en la caja de ahorros te llamaban por tu nombre.
La crisis de la vivienda no está en edificar mas (a mas cemento, menos verde) la solución está en volver a establecer como norma los alquileres indefinidos de toda la vida con incrementos del I.P.C. y si se quiere con aporte a una bolsa adicional porcentual de arrendador y arrendatario con el fin de reponer y actualizar los elementos que puedan quedar obsoletos. Cataluña y Barcelona concretamente tiene infinidad de alojamientos vacíos la mayor parte del año, el cuarenta por ciento habitacional está en manos de multinacionales y compañías extranjeras, alojamientos destinados al turismo y a la especulación, (fondos buitre) a cambio de dejar en la calle a familias enteras, pensionistas con pocos recursos o salarios medios que no pueden hacer frente al nuevo alquiler. Nos dejaron sin establecimientos emblemáticos cuyos locales golosos para las grandes cadenas estandarizaron nuestras fachadas izando la bandera de productos ultra procesados donde antes se olía a vino rancio y butifarra de payes, Cataluña no solo pierde hábitat, también pierde identidad.
Aguantar en nuestra escalera el ir y venir de maletas y caras extrañas no invita precisamente a la tranquilidad, tener que compartir zonas comunes como si de torre de babel se tratara no es tampoco una panacea y por supuesto suenan como un sarcasmo los consejos oficiales de evitar compartir con extraños el huso del ascensor.
EL AGUA DE NUESTRA NORIA LLENA ALJIBES DE OTRAS LATITUDES
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