Cuando a duras penas llegábamos al límite del mostrador admirábamos al tendero de la esquina que hacía las cuentas de forma tan rápida que apenas daba tiempo a seguirlo, su lápiz mil veces afilado adquiría una velocidad vertiginosa y sus sumas y restas eran siempre infalibles, tanto que no había ama de casa que las pusiera en duda dando por supuesto que pocas de nuestras madres habían pasado por la escuela. Nuestra aspiración no era otra que la de parecernos a aquel tendero que sumaba rápido como un rayo sobre el papel de estraza partiendo y teniendo como guía la aguja de la balanza donde unos gramos de más o de menos le hacían sumar y dividir quebrados sin llegar a utilizar los dedos.
El colegio de la época era la fábrica de la memoria, todo memorizado como si de una competición se tratara, las redacciones escrupulosamente pulcras eran valoradas con aquel lápiz grueso octogonal de colores distintos en cada extremo, la tachadura en rojo era sentencia de repetición del ejercicio y el azul el alivio provisional que al mismo tiempo valoraba la estructuración del contenido aplicando notas intermedias o llegar al sobresaliente con un 10 tan redondo del que pocas veces podías presumir. Una vez pasado este periodo significaba estar preparado para salir al mercado de trabajo donde te esperaba un oficio de cuya decisión nadie te hacía participe. Pasado un tiempo nos enfrentamos a la máquina de escribir donde la mano parecía amputada y tan solo el dedo índice saltaba de tecla en tecla martilleando letras como si intentáramos ajusticiar las palabras, luego llegaron los ordenadores donde apuro esfuerzo intentamos no sentirnos analfabetos en una sociedad que nosotros mismos habíamos ayudado a construir.
Pero para nuestra sorpresa el informe PISA de este año nos dice que nuestros nietos han perdido la capacidad lectora, su grado de comprensión ha caído a valores escandalosos, los que consideramos beneficiarios de nuestros recursos resulta que dependen de máquinas sin las cuales son incapaces de redactar o comprender un texto, su escaso interés por la lectura los hace analfabetos vitales donde el móvil es ya una especie de implante cerebral, una máquina de robotizar y la manera más absurda de desconectarse de algo tan sencillo como disfrutar redactando una carta, mantener y defender ideas propias y por supuesto no querer valorar que en su bolsillo dan cobijo a un saboteador que espía su vida y pasa informes a una inteligencia que así misma se llama artificial.
NUESTROS NIETOS DEBERIÁN PASAR UN TIEMPO POR EL PAPEL DE ESTRAZA