En mi tejado llueven, lágrimas de mi vecino
yo bien cubierto de teja y el aterido de frio.
En invierno o en verano en el calor del estío
el se queda sin paredes, dejando el piso vacío
así rezan sus papeles, es tiempo ha concluido
Le quitaran su carcasa, le dejarán sin su nido
lo arrojarán de esa casa, posada de su camino.
Y yo cubierto de teja y atado a un pergamino
veo llegarse la angustia a casa de mi vecino.
¿Que podría yo hacer ante este desatino
si apenas crucé un usted, atajando su camino?
Mi vecino tiene perro, es redondo y consentido
levanta apenas dos palmos, es canela casi albino.
Es el amigo del hombre, compañero y peregrino
el que le obliga a salir del su estado de ostracismo.
Mi vecino dice adiós, sin esfuerzo ni eufemismo
en su casa tiene gato, también tiene paroxismo
y si preguntas un: ¿Cómo? contesta con ascetismo
mi vecino aún no sabe donde aparcar su destino.
Su pecado: jubilarse, su peculio reducido
su balance hace tablas, mal comió por lo servido
el restringió muchos gastos agua y luz a reducido
y una maligna infección ha quebrantado su oído.
En estas andaba el pobre, la precariedad su sino
su presente no lo sabe, su mañana un desatino
cuando una ley de lo alto paró en seco su despido
ahora tiene otros dos años, dos años más socorrido
dos años todo un mundo cuando el dogal va vencido .
Y yo que apenas lo veo, me alegro como vecino
quizá no sean los mejores, quizá un poco rocino
pero creo que en su estado merece ser comprendido
pensando si yo algún día he de seguir su camino.
J. Hernández