Ayer me fui al zapatero pidiéndole que me tasara
el componer mis zapatos, pues la suela está gastada
el tacón que anda de lado y por más también ajado
se encontraba el espolón que por bien ya maltratado
se encontraba acomodado a este pie que calzo yo.
Vi su cara circunspecta y hasta un ojo me guiñó
mientras miraba el trabajo le pedí confirmación
en estas que el hombre andaba, me llegó la conclusión
que el zapato era bueno, buena traza si señor
pero de tanto ponerlo, al tiempo se esbarató.
En estas que me alejaba de aquel viejo remendón
cuando al quicio de la puerta el me llamó la atención
me dijo que le dejara los zapatos por favor
pues mal que bien razonaba y me dio la explicación.
El zapato como estaba, no admite composición
pero siendo donde viene merece restauración.
Y es que el zapato está hecho con lezna y con patrón
por algún guarnicionero, un genio en la profesión
y si restauran altares y bien retocan a un pintor
no consiento que se olvide a quien fue mi antecesor
un artista en zapatos que ahora mismo arreglo yo.
Al tiempo yo recogiera los zapatos de su arcón
me dijo que le contara la historia que los creó
y yo que lejos estaba de tamaña petición
reconocí le enseguida no saber quien los creó.
Fue seguro un zapatero que en un viejo portalón
se anunciaba hacer la horma de los pies a petición
con cuchilla, una clavera, un martillo y un cordón.
Nadie le dijo en su día que el arte en él era un don
y en tiempos de mala suerte no salió de su rincón.
En estas averiguaciones y sin otra explicación
ahora andan mis zapatos generando expectación
pues dicen que son muy caros, otros que el diseñador
y yo presumo orgulloso de mi nueva condición
haciendo ver que lo mío es de exclusivo patrón
aquel que recicla siempre y busca la solución
evitando el despilfarro, se llama reciclación.
J. Hernández