lunes, 19 de enero de 2026

ADRIANA GUINDO CAROLO

Si, si Adriana  fue todo un personaje en mi época infantil, me tocó cobijarla y amamantarla aún de noche cada dos horas. Adriana fue un bebé robado nada más nacer, la matrona tras esconderlo en mandilon me lo entregó hecho un rebujo sin exigirme nada a cambio, fue un momento de sorpresa e incredulidad a partes iguales no hubo trato por medio, tan solo la oportunidad de haber sido testigo en el momento del parto y la suposición casi segura de que aquel bebé al que tanto le costó respirar tenía las horas contadas.

No fue fácil entronizarla en la nueva familia, debido a la debilidad de su  estado  era seguro que modificaría nuestras rutinas y por supuesto una nueva boca que alimentar en un familia amplia de por sí y con niños en edad de muchos gastos e ingresos espartanos. Además de todo esto en pocos días nos esperaba un regreso incomodo, quizá un viaje que en su traqueteo podía poner en peligro la salud de aquel cuerpo diminuto, sin defensas suficientes ni posible tratamiento.

Con tan solo unos días de vida nos pusimos en camino, habilitamos una especie de cunita aprovechando un viejo cesto de mimbre, una mantita caliente y por si acaso unos biberones de leche que al no ser materna hubimos de arriesgarnos a que su cuerpecillo no la admitiera y no supiéramos que otra cosa darle hasta llegar a la ciudad. No fue fácil  la nueva estancia extraña para ella,  un rincón un tanto inhóspito y poco apropiado por su asepsia pareció ser la causa de su llanto constante solo aplacable cuando se apostaba alguien para hacerle compañía, indudablemente notaba la ausencia de sus hermanos  y sobre todo el cariñola leche materna el calor natural del que había sido apartada drásticamente.


La vida de nuestra huérfana una vez superados los primeros días fue apacible y regalada, el resto de la familia siempre pendiente de ella le proporcionaba toda clase de mimos regalándole cuantos destalles exquisitos podían hacerla feliz, anteponiéndonos a los acontecimientos fue incluso bautizada pero lamentablemente su vida fue más bien corta su rápido crecimiento, su constante demanda de atenciones y la queja de algún vecino fue determinante y por todo ello y para ahorrarle sufrimientos alguien decidió aplicarle la eutanasia.

El momento fue muy duro y si bien  la decisión no fue por unanimidad todos estuvimos de acuerdo que era lo mejor para ella. Para no hacerla sufrir un felón profesional que menudeaba por el barrio llamado Casimiro se encargó de llevarla a cabo  y al que dicho sea de paso se le pagó con lo que él mas apreciaba un vasito de aceite de oliva que saboreó con toda clase de parabienes. 

Adriana fue una cerdita que en parto de por si complicado dieron por muerta, le pusimos el nombre por el santo del día, los apellidos por el mote de las familias a las que pertenecían el macho y la hembraAhora cuando alguien habla de cerdos me queda siempre la duda  de a que raza nos estamos refiriendo.

SI LOS CERDOS HABLARAN LLAMARTE HUMANO SERÍA UN INSULTO



No hay comentarios:

Publicar un comentario

Tiene a su disposición este espacio para sus comentarios y opiniones. Sea respetuoso con los demás

Este soy yo

Hace ya muchos años que las circunstancias me hicieron dejar Salamanca por motivos profesionales, instalándome en Barcelona. Añoro mis raíces y cuando vuelvo pueden encontrarme paseando solitario a primera hora de la mañana por las calles que tanta cultura han acogido. Salamanca sigue presente en mí.
Siempre he sentido la necesidad de comunicar mis sentimientos, por si lo que a mí me parece interesante a alguien le pareciera útil.
Joaquín Hernández
Salamanca/Barcelona