viernes, 9 de agosto de 2019

UN CARRO SALMANTINO EN EL PASEO MARAGALL


No aguantó más, fueron muchos los estíos y muchos los aguaceros que había aguantado, al paso del tiempo los radios y las pinas habían cedido y las ruedas en una pirueta distorsionada hacían de los aros zarcillos gigantescos de una criatura herida de muerte, el sojao aguantó más amparado por los paloncillos pero no fue suficiente, el carro antes armonioso testigo de una generación y una forma de vivir se había rendido al paso del tiempo y la inanición.

Su llegada desde Salamanca fue toda una odisea, descargarlo en el paseo de Maragall de Barcelona fue para regocijo de la imaginación un disparate al sentido común, imaginar un guardia queriendo poner una multa por mal aparcamiento,  circular por medio del paseo a golpe de suela reteniendo el trafico, o pedir ayuda a los más osados  y dejarlos solos sin nadie a quien pedir responsabilidades fue toda una hemorragia al contrasentido mas esperpéntico. El viaje no lo hizo a golpe de herradura vino en un furgón desde el pueblo salamantino de Santiz muy cerca de la zona Sayaguesa en la raya de Zamora, no fue cosa fácil acomodarlo pero nada fue imposible para mi hermano Juanma cuando se propuso cumplir mi capricho de adquirir un par de ruedas para adornar la entrada de mi propiedad, pero… ¡para que dejar un carro cojo! Cargó el carro entero y hasta la mula si se hubiera dejado y arreando con todo se llegó hasta la puerta de mi casa en esta Barcelona de mis pecados, la arribada entre abrazos y exclamaciones por lo inesperado tuvo lances de emoción e incredulidad.  Ya repuestos de la sorpresa convinimos en que la aventura de traerlo hasta aquí había sido de las que marcan época y puestos a celebrarlo nada mejor que tirar de fardel con pan de castilla, chorizo farinato y perrunillas.

El puñetero carro había entrado tan justo en el furgón que hasta los morriones quedaron encajados como si hechos a la medida se hubieran fabricado, la pértiga apoyada entre los asientos delanteros aparecía como ariete medieval a punto de derribar la cancela y las ruedas desmontadas dormían en la caja entre los tableros riéndose de nosotros por haber hecho el recorrido más largo de su vida sin arrastrarse, pero nada de todo esto fue comparable con la cara satisfacción de mi hermano Juanma que acompañado de Vidal el  benjamín de la familia, se habían tragado novecientos kilómetros para darme el capricho de traer un trozo del campo de Castilla hasta Cataluña.

Hoy la vara del carro luce haciendo de puente entre dos monolitos de piedra rodeada de flores en el jardín que lo cobijó, los aros forman parte de una vereda de jazmines y su cubo y bocino quedan encastrados en una pared de piedra junto al eje que inhiesto cual lanza de quijote no quiere sucumbir y ahora sujeta orgulloso un arco con enredadera formando parte del museo al aire libre con otras piezas propias del campo charro, entre rejas de arado, cepos, yugos, coyuntas, esquilones, candiles, trébedes, morillos, romanas  y mil achiperres  mas rememorando un recorrido  por la castilla rural que yo dejé y de la que nunca he conseguido apartarme.

Pero que al igual  que al carro el tiempo marca su ley y el cuerpo humano sin tentemozo que lo aguante sucumbe por falta de fuerza, dejarlo todo es ya una necesidad, olvidarlo será un ejercicio de sentido común, paro nadie podrá borrar la satisfacción de haber sido la hormiguita siempre cargada que llevó hasta su hormiguero el grano de su memoria.

       EL EJE DEL CARRO LO ENGRASA EL SUDOR DE LA CONSTANCIA
                                                                                                           J. Hernández 

Este soy yo

Hace ya muchos años que las circunstancias me hicieron dejar Salamanca por motivos profesionales, instalándome en Barcelona. Añoro mis raíces y cuando vuelvo pueden encontrarme paseando solitario a primera hora de la mañana por las calles que tanta cultura han acogido. Salamanca sigue presente en mí.
Siempre he sentido la necesidad de comunicar mis sentimientos, por si lo que a mí me parece interesante a alguien le pareciera útil.
Joaquín Hernández
Salamanca/Barcelona