jueves, 10 de agosto de 2017

AQUEL BARRIL DE CERVEZA

Cuando en el Plus Ultra instalaba el calor del verano en Salamanca, el trasiego de sillas y veladores de la terraza se extendía todo ancho de la calleconcejo despertando a los vecinos como carrillón en alacena, las  cuatro sillas por velador no siempre estaban justas y alguna aunque desvencijada  cumplía llenando con decoro su hueco en el panorama general,  más de un mármol partido de los veladores se aguantaba por el aro de metal que lo rodeaba mientras las tres patas de hierro desafiaban el centro de gravedadmanteniendo su estabilidad en precario equilibrio debido a lo irregular de lo adoquinado del suelo, los manteles de colores suplían con alegría las carencias a pesar de que alguna brisa traicionera levantara las sallas  dejando al descubierto el mal que las aquejaba . Mientras tanto en el interior se fregoteaban las mesas rectangulares también de mármol donde los clientes el día anterior habían ido anotando los envites de las partidas de mus o los tantos de dominó, el calor hacía adormecer a la maquina del café que solo los desayunos a primera hora de la mañana y algún adicto al café y copa por la tarde hacían despertar de su letargo.

La cerveza no se vendía embotellada, se almacenaba en enormes barriles que se apilaban en la sala del fondo compartiendo espacio con un futbolín, eran barriles de madera, pesados, panzudos, macizos, tanto que al rodar desde la calle hacían retumbar las paredes de aquel local cuyo sótano hacia de caja de resonancia, un enorme tapón de corcho aguantaba la presión con que habían inyectado la cerveza en su interior y precisamente el tapón de uno de los barriles fue el causante de mi desventura.

Mi primo Manolo era un maestro en el arte del espadín, una especie de estoque que había de introducir con precisión dentro del barril hundiendo al mismo tiempo el tapón de corcho, un cono metálico quedaba incrustado en el orificio que ocuparantes el tapón  a través del cual  un tubo de cobre quedaba dispuesto  para canalizar la cerveza hacia el serpentín del frio. Aquella tarde calurosa como pocas la cerveza se consumió como el agua, el barril dispuesto como reserva se agotó y aquí me tienen ustedes, torerillo en capea dispuesto  a torear el morlaco que me había caído en suerte, estudie los pasos que había visto al maestro, dos o tres golpecillos hasta hundir un tanto el tapón sin rebasar el grueso de la madera, después un golpe seco y certero poniendo toda la fuerza en el embroque; para terminar con la media vuelta de cruceta que había de aguantar la presión interior. Todo lo hice bien, o eso me pareció, los dos golpecitos al tapón, la verticalidad del estoque y allá que voy a por uvas como torero en alternativa, en ese momento se me nubló la vista,un chorro de cerveza se me vino encima, ni la bayeta ni el delantal profesional consiguieron frenar aquel iceberg en que se había transformado el cuatreño de mi alternativa, techo paredes y jugadores del futbolín degustaron a la fuerza el precioso liquido mientras yo me refugiaba en tablas al amparo del W.C. que estaba allí mismo, el desconsuelo y la rabia por no haberlo conseguido me hicieron palidecer, salir del patio de cuadrillas requirió la presencia de los alguacilillos y con el miedo y el ridículo en el cuerpo pasé delante de aquel toro ya sin vida que me era devuelto a los corrales de la inexperiencia.

La salida de aquella especie de burladero fue apoteósica, demudado el rostro y contrariado por la rabia debí dar una imagen tal de desolación y desamparo que más de un puñetero cliente habitual sacó el pañuelo no para que me dieran la oreja si no para aguantar la risa que a duras penas podían contener y yo pingando de arriba abajo enfilé el camino del desolladero para ver de cambiar mi atuendo. Aquí terminaron mis ansias de alternativa, aquellos barriles de cerveza y yo nunca firmaríamos la paz, mi maestro de alternativa procuró siempre antes de salir del ruedo dejar un sobrero con escarapela preparado en los chiqueros y yo entre la rabia y la envidia tuve que seguir admirando durante un tiempo la facilidad de su estoconazo. 

CERVEZA:
UNICO SER VIVO QUE DUERME BAJO SU PROPIO COLCHÓN DE ESPUMA

Este soy yo

Hace ya muchos años que las circunstancias me hicieron dejar Salamanca por motivos profesionales, instalándome en Barcelona. Añoro mis raíces y cuando vuelvo pueden encontrarme paseando solitario a primera hora de la mañana por las calles que tanta cultura han acogido. Salamanca sigue presente en mí.
Siempre he sentido la necesidad de comunicar mis sentimientos, por si lo que a mí me parece interesante a alguien le pareciera útil.
Joaquín Hernández
Salamanca/Barcelona