EL VAGABUNDO
Al caer la tarde, perdiendo ya el sol su alma
un vagabundo se asoma retando con la mirada,
la esposa se yergue presto, el marido la reclama
y el vagabundo en la puerta no osa bajar la cara
enseñando el visitante, dos cuchillos como dagas,
una mirada asesina y un gruñir que encoge el alma.
No tengo aquí yo escopeta, tal vez si alcanzo una rama…
En estas andaba el hombre, en estas tras él su ama
los dos cogidos en falso, una silla como arma
y una mesa de terraza con patas de filigrana.
El vagabundo arremete precedido de su fama
en ristre sus dos cuchillos y con sangre en la mirada
marca terrenos y espacios como arma de ensenada.
El ataque es inminente, un grito presagia el drama
el vagabundo recula, sin correr, como en desgana,
ha suspendido el asalto, tal vez lo intente mañana.
Jabalí negro azabache, visitante sin manada
solitario peregrino que visitas mi explanada
no me robes mas almendras, ni desgajes otra rama
que si rompemos el árbol los dos morimos de gana .
J. Hernández
HISTORIA DE UN JABALÍ
La historia de este jabalí tan cierta como la describo, se repitió alguna vez mas, nadie podía explicarnos la insistencia de aquel vicho que no hacía más que asomarse al rincón de nuestra terraza esperando no se sabía qué y solo al golpe de vara contra las piedras y las voces que proferíamos se retiraba con parsimonia sin darse ninguna prisa y de forma displicente volviéndose a cada paso.
El puñetero era negro, con un mechón de cerdas cual puerco espín en el espinazo, los colmillos en proporción a su tamaño de daban la imagen de acorazado con patas al que solo le faltaba un gruñido para ponernos a todos a la defensiva. Tiempo después apareció pastoreando una manada a la que supusimos fuera resultado de alguna parada con las hembras a las que precedía, la vista de los jabatos y rayones y su corretear por nuestra explanada implicaban un tanto de curiosidad y otro tanto infantil condescendencia, pero todo aquello quedaba olvidado cuando embistiendo y refrotándose contra los almendros hacían caer el fruto para refocílio de su plebe y quebranto de nuestra autoestima. Aquella piara se paseaba por los alrededores como en casa propia sin que hubiera cerca, alambrada o manera de impedírselo, arrasando incluso huertos y gallineros vecinos, sin dejar atrás por supuesto las bellotas de las que cada encina era un kiosco de golosinas con barra libre.
Pasado el tiempo supimos que había un compadre que los alimentaba con pan duro y las sobras de sus comidas y esa era la razón por la que aquel espécimen negro zaino venia hasta nuestra terraza mendigando y casi exigiendo su impuesto revolucionario. Mas tarde y ante la expansión de aquella plebe una batida de cazadores impidió volver a ver aquel ejemplar al que ya teníamos puesto horario de visita. Al paso nos dimos cuenta de que provocar una epidemia no resultaría tan difícil.
LOS JABALÍS SON LOS GUERRILLEROS DEL MUNDO DE LOS CERDOS

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Tiene a su disposición este espacio para sus comentarios y opiniones. Sea respetuoso con los demás