Abandonar el huerto fue lo que más le costó a mi abuela cuando la llevamos a vivir con nosotros a la ciudad. Para ella el huerto era vida, su huerto le daba para comer, le sobraba para alimentar a su cabra y podía PRACTICAR EL TRUEQUE entre los vecinos. Mi abuela no entendía que se pagara con dinero un kilo de patatas o que las uvas se vendieran a peso o que un cochinillo pudiera comprarse por trozos, que el pan no aguantara ocho días guardado en el arca, que media docena de huevos no fueran el mejor presente cuando iba de visita o que la panilla de aceite no fuera la medida de la equidad. En aquel tiempo todo era reciclable, la silla moría como tajuela, la artesa siempre fuerte y segura tenía las patas de distinto calibre y hasta de la ropa desechada se hacían tiras que una vez trenzadas se llevaban al batán para ser trasformadas en mantas, cortinas, o alfombras. A mi abuela en definitiva le importaba muy poco que subiera el precio de la gasolina o los productos en el mercado mientras tuviera huerto, gallinas, un cerdito y algún que otro conejo en el corral.
La guerra que tanto nos abruma y de la que estamos sufriendo las consecuencias debería hacernos reflexionar, hemos abandonado el campo, nuestra manera de entender el progreso es acaparar recursos prescindibles, nuestra forma de comunicación nos hace menos próximos, dar de comer a nuestro coche es hacer llorar nuestros bolsillos y en el monedero la pelusa no hace cuna ni rincón que escudriñar, mientras esperamos las migajas provenientes de los acuerdos entre políticos que nos permitan seguir sobreviviendo.
Algo me dice que el mundo está al revés nos hemos abigarrado en ciudades ahora inhóspitas, hemos abandonado nuestra despensa natural, nos hemos encaramado a un medio de trasporte caro e insostenible, no conocemos siquiera a nuestros vecinos, la vida cotidiana es un carrusel de subidas y bajadas, cambiamos el campo por mastodónticas jaulas de cemento y lo que es peor vivimos encorsetados y obligados a seguir las directrices que nos dicta el entorno aparentemente creado por nosotros pero que en realidad están en manos de los políticos de turno.
Lo anterior no quiere decir que volvamos al campo de la mancera y la yunta de bueyes, ni tampoco que volvamos a la edad de piedra, los tiempos son otros y nuestros conocimientos también, las comunicaciones nos permiten trabajar a distancia sin necesidad de desplazamientos diarios, tendríamos que tratar de ser lo más autosuficientes posible PRACTICANDO EL TRUEQUE y por supuesto crear comunidad no solamente es bajar la silla y la tajuela a la puerta de casa, es también ofrecer y dar anticipándote al pedir.
LOS PUEBLOS ABANDONADOS SON OMBLIGOS MAL CERRADOS
J. Hernández
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