Los sábados por la tarde había sabatina obligatoria en el colegio, primero examen de conciencia para pasar después al confesionario banco por banco y sin posible oposición. Al ser todos chicos (quien iba a pensar que años después los colegios serían compartidos) la confesión se hacía apoyándote directamente en el cuello del confesor y si tratabas de separarte el mismo te atraía hacia él empujando tu cara con la mano, tu lista de pecados previamente revisada era desgranada ante aquel enviado de Dios para sanar tu alma y evitar que fueras al infierno si acaso la muerte te sorprendía en pecado mortal. Antes y de manera teatral ya te habían inculcado que hubo una vez un santo que se dejó matar por no revelar el secreto de confesión y como un muchacho sorprendido en pecado había sido sin ninguna duda arrojado a los infiernos.
En estos días en que la Iglesia está en boca de todos por el comportamiento de muchos de sus discípulos me vienen a la cabeza aquellos contactos directos piel a piel mientras confesabas tus pecados, las preguntas tendenciosas a las que tenías que responder y sobre todo el posible morbo que tendría que suponer para aquel cura cuando alargaba lo indecible aquel acto del que siempre se despedía con una penitencia y un acto de contrición en forma de oraciones. En los tiempos en los que la iglesia mandaba más que Franco nadie reparaba en lo impropio de las formas y los modos de confesar, lo que ahora hubiera resultado reprobable en aquella época era obligatorio con el agravante que el mismo confesor era maestro en tu clase y jugaba contigo en los recreos.
Cuando ahora la prensa airea los abusos y parece que la iglesia pretende compensarlos con (dinero de todos) no puedo menos de remontarme a aquella época e imaginarme a alguna de aquellas victimas (que seguro las abría) donde la opresión era constante y la denuncia inimaginable. Decidir ahora compensar aquellas aberraciones no sé si es valorable en dinero, ni en qué parámetros se fundamenta cada caso. Pero una cosa queda clara la iglesia sigue comprando voluntades, el pensar que con dinero sus pederastas pueden evitar ir a la cárcel debe hacernos pensar que por principio para ellos la justicia no existe, estar escuchando que posibles víctimas han estado denunciando durante años sus desmanes sin que nadie les hiciera caso, nos lleva a la conclusión que salir a la palestra no ha sido por voluntad propia si no por la presión social a la que ellos se hicieron acreedores.
No hay que olvidar que no todos los curas eran ni son unos pervertidos, pero quizá esta nuestra querida iglesia de cirios y procesiones tenga que plantearse la anulación del celibato entre sus profesionales, ir contra natura puede causar anomalías, poder casarse sería quizá la manera de evitar víctimas colaterales, y para mayor abundamiento el celibato no se contempla como obligatorio en las sagradas escrituras.
SIN PECADO CONCEBIDA
J. Hernández
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