Presume de no hablar con nadie si no es en Catalán, pero conmigo, no sé por qué, terminamos hablando siempre en castellano; noto que no le gusta nada tener que apearse de sus convicciones y mira a su alrededor como avergonzada por si algún conocido la reconociera hablando en ese idioma. Hoy se ha dado producido una escena curiosa. Nos hemos sentado uno frente al otro, ella con su maletín de Ezquerra y un adhesivo reclamando los papeles del archivo de Salamanca; yo, enfrente, con una preciosa agenda de un organismo oficial de la capital charra, con letras y escudo bien destacados en la cubierta. Al poco nos hemos mirado uno al otro en medio de una risita cómica y contagiosa.
Magda es muy buena persona, transparente en su manera de proceder y muy convencida de su empeño separatista. No le gusta mucho que le recuerde que sus hijos están trabajando en otra autonomía, con lo cual sus nietos hablarán gallego, lo que dificultará su relación, ni de que su ahora espléndida pensión procede de su trabajo en Telefónica cuando esta compañía era estatal, por lo cual tenían economato y una serie de ventajas que sólo unos pocos privilegiados adictos al régimen podían conseguir. Magda es para mí un ejemplar único como persona y como amiga.
Nos hemos despedido al terminar mi recorrido, Magda siguió su camino lo que me dejó pensativo durante un rato por la situación vivida.
Los dos somos especies en extinción, tanto sus hijos como los míos crecerán en ambientes distintos a los de nuestros orígenes, dando vida en otras comunidades, por lo que desaparecerán barreras tanto físicas como idiomáticas y será habitual el intercambio cultural entre naciones. Esto llevará a la unificación de símbolos y banderas, es muy posible que las próximas generaciones no entiendan la división de mapas ni el empeño en ser diferentes, estoy seguro de que el intercambio cultural hará desaparecer el interés patrimonial y resultará absurdo dentro de un tiempo pensar en barreras físicas diseñadas a golpe de espada y en beneficio del señor del lugar. Seguro que Magda y yo somos dos ejemplares con fecha de caducidad para bien de las futuras generaciones, pero mientras tanto ahí andamos erre que erre con nuestra política particular y el deseo de resaltar lo nuestro. No sé si es bueno o no, pero en el fondo nos obligamos a estar al día de cuanto acontece en nuestras comunidades. Mientras haya Magdas por el mundo tendremos la obligación de estar a su altura; mientras tengamos Magdas en nuestro entorno el mundo será mejor, ya que nos obliga a superarnos aupando con nosotros a los que nos rodean.
Estas navidades felicité a Magda con un poema en defensa de nuestro idioma, como no podía ser menos ella me felicitó con uno de Verdaguer. Desde ese momento me impuse la obligación de leer al celebre Mossen, los dos salimos ganando.
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