viernes, 31 de mayo de 2013

“EL NOMBRE DE LA ROSA” EN LA SALAMANCA DEL SIGLO XV

Los dos periñanes estaban desolados sus lagrimas por una vez sinceras dejaban surcos de arada en sus mugrientas caras, aquellas  manos prestas siempre  a extenderse suplicando una limosna hacían esta vez de moquero  y empapador del goteo que sin pretenderlo hacían de la nariz  gárgolas traicioneras en constante destilación, el dorso de sus manos lijaba sus mejillas al tratar de contener los lagrimones mientras uno y otro entonaban toda una sarta de imprecaciones ininteligibles que mas por oficio que por convicción acompañaban con gestos de inmensa amargura y particular desconsuelo,  la muerte según decían había cogido un atajo y ante ella juraban por el Dios de los cielos nada pudieron hacer; decían  aquellos dos mendigantes de media fanega tal como ellos se definían a los que el raciocinio les resultaba tan escaso que en la lista de aspirantes a bachilleres no ocupaban cabalmente un lugar de mucha aproximación.
 El catafalco depositado sobre unas angarillas en la iglesia de San Blas contenía los restos de su benefactor más preciado en una Salamanca llena de fríos donde el hambre estaba incrustado en sus  huesos sin abrigo de carne y magros de grasa y unas tan descantilladas costillas que podían muy bien ser contadas pues eran más propias de tabla de lavadero que de percha de anguarina y
media manta; que además mal que bien tiraban de unas alforjas que les servían de despensa en una ciudad donde la caridad cristiana estaba tan medida que ni celemín ni media cuarta sobraban en mas zaguanes que los propios de algunos conventos o señor principal. 
Al difunto ataviado con el sayal de San Agustín se le habían de adivinar las facciones pues de puro encapuchadas apenas si dejaban al descubierto unos insurtos pelos en la quijada,  sus manos tantas veces prestas al consuelo permanecían ahora incrustadas en las bocamangas que encontradas entre sí hacían de la visión una cuestión de fe, la noticia de su muerte se había extendido por toda la ciudad como parva en ventolera, dejando desasistidos de cuerpo y alma a tantos desamparados y feligreses  que la ciudad toda sentíase huérfana de consuelo y falta de guía espiritual.  Aquel fraile agustino nacido en la provincia de León, tenía en Salamanca fama de pacificador pues no en vano convenció a los dos bandos irreductibles  en que estuvo dividida la ciudad para que salvaran los rencores y depusieran sus armas, también se declaró benefactor de los humildes y amparador de los enfermos. De elocuencia  fácil y convicción sencilla se había granjeado fama de erudito y conversador nato achacando a  la avaricia  muchos de los males de la época y condenado enérgicamente el relajamiento moral y de costumbres como un mal que había de erradicarse sin dilación ni blandenguería.

Y fueron estas platicas y sermones los que llegaron a convencer a un  bello doncel llamado Iñigo que en un gesto de arrepentimiento decidió cambiar de vida dejando atrás los devaneos de alcoba que mantenía con una acaudalada condesa de la que se despidió enviándole un  correo de pliego y pluma donde le comentaba como tras muchos devaneos marchaba  a tierras de misión donde purgaría sus culpas y pediría por que ella misma así lo hiciera.
La tal condesa presa de fuerte cólera y no manco ataque de celos juró venganza ciega contra  el predicador que había sido causa de la rotura de  su idílico romance y en un desmesurado ataque de ira juró por lo más sagrado poner fin a la vida del agustino que según ella tanto y tan mal había aconsejado a su amado.
Enredadora cual quiromántica en ejercicio fue vista por los alrededores de la cueva de Salamanca donde las brujas celebraban sus aquelarres implorando los favores del chivo cabrón, allí  se juró el exterminio del joven predicador al que el maligno quiso ver fenecer entre vapores de azufre y rituales alrededor de la hoguera invocando la presencia del averno.
Mandó al alquimista preparar jarabes que siendo en buen principio depurativos pudieran contener en su composición veneno de cobra,  áspic y víbora pero macerados y enmascarados en esencia de orujo y amargo sueco de manera que pasaran inadvertidas al confiado fraile que entendiendo como natural del ser humano el hacer el bien no habría de dudar que aquel remedio enviado como atenta deferencia  pondría fin a la persistente tos y a la no menos incomoda calentura vespertina que tanto y tan persistentemente le incomodaba.
Fueron llamados a presencia de la marquesa los dos desheredados  de nuestra historia correveidiles de oficio y pedigüeños de beneficio que no mas le encomendaron la redoma envolvieronlá en su capichuela y espoleados por algunas monedas de acuarto y aprendida de memoria la tabla de apliques y recomendaciones emprendieron camino del convento donde el agustino presa de ronca tos y no poco esputamiento no puso duda en el remedio que aquel alquimista disfrazado de galeno le hacía llegar a través de sus dos conocidos infelices a los que sentó a su mesa amparando sus hambres.

El bebedizo hizo su efecto y en no más de unas horas aquel fraile de palabra fácil y verbo floreado sintiose aturdido en su entendimiento y perdido  su sentir sin que los sangradores llamados a su cabecera pudieran poner remedio a un mal tan rápido y traicionero reparando entonces aunque demasiado tarde en la pócima suministrada por el taimado alquimista al que la condesa había hecho desaparecer encaminándolo hacia la vecina Portugal.
Viendo el fraile su fin muy próximo reunió fuerzas para perdonar a sus verdugos al tiempo que prometía que al reunirse con el sumo hacedor pediría acabara la larga sequia que asolaba la ciudad.

La ciudad guardó luto riguroso encendiendo hachas y teas para velar la noche; toda la comarca lamentó el trágico final de aquel fraile entregado a los demás sin coto ni medida en el esfuerzo y fue la misma ciudad la que mandó gravar en piedra los milagros del santo dando nombre a la callejuela donde el necio toro se paró en seco al encontrarse con el buen fraile y por Tentenecio se quedó para los siglos; también quedó escrito el milagro del pozo llamado amarillo, la ciudad exaltando su agradecimiento marcó en rojo el mes de Junio por ser el once de este mes el día de su muerte el veinticuatro también de Junio había sido el día de su nacimiento y del mismo mes y en el día 18 fue el día en que tomó los  hábitos de la orden de San Agustín.

El triste final del que quiso llamarse fray Juan de Sahagún no estaba impregnado en las páginas de un libro como En el nombre de la rosa pero vistos los acontecimientos bien podía llevarnos a una historia de intrigas cortesanas acaecida en la Salamanca más intrincada del siglo XV.


San Juan de Sahagún fue nombrado patrón de la ciudad festejando cada año  el mes de su nacimiento. 

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Este soy yo

Hace ya muchos años que las circunstancias me hicieron dejar Salamanca por motivos profesionales, instalándome en Barcelona. Añoro mis raíces y cuando vuelvo pueden encontrarme paseando solitario a primera hora de la mañana por las calles que tanta cultura han acogido. Salamanca sigue presente en mí.
Siempre he sentido la necesidad de comunicar mis sentimientos, por si lo que a mí me parece interesante a alguien le pareciera útil.
Joaquín Hernández
Salamanca/Barcelona