martes, 14 de abril de 2015

PAN CON CHOCOLATE

No todas las tardes había pan y chocolate para merendar a veces el pan con aceite y azúcar era una buena merienda y no digamos la nata que resultaba después de hervir la leche añadiéndole un poquito de miel, nuestra merienda era de los ricos de la barriada siempre había pan con “algo” lejos del pimiento verde a palo seco,  la tira de bacalao o las aceitunas con que otros se relamían tratando de estirar el condumio hasta la hora de la cena, pero nada igual que las sardinas con aceite de casa de la señora Julia,  aquella mujer limpia como los chorros del oro que diría mi madre, su siempre repeinado pelo blanco recogido en un moño que le imprimía autoridad y la sonrisa natural que remarcaba la mirada limpia y directa de quien se sabe respetada capitana de un barco familiar con mucha tripulación y una guerrilla de grumetes siempre errantes en torno a su puesto de mando.

No sé porque aún hoy cuando me llega el olor de una lata de sardinas en aceite me viene la imagen de la señora Julia y al recordarla no puedo por menos de hacerlo con la sonrisa agradecida de quien formó parte de aquella camada de retoños agostizos que con escasos cuatro o cinco años no perdían ocasión de estar en su casa a la hora del reparto de la merienda, una lata grande de sardinas en medio de la mesa camilla, sus hijos ya mocetones bañados a golpe de manguera y jabón lagarto en el patio de la casa que  una vez remudados y alindongados desfilaban delante de su madre para recoger la merienda, en un momento determinado ¡oh sorpresa! una sardinita con la ración de pan correspondiente se deslizaba a lo largo del delantal floreado de la señora Julia hasta la demarcación de este golfete  que loco de contento enfilaba el pasillo camino de la puerta de la calle en medio de aquellos gigantones de brazos tatuados haciéndome sentir polizón en barco amigo. Mi madre no entendía que pudiera preferir la sardina de la señora Julia antes que el pan con chocolate pero lo que yo no savia explicar a mi madre es que aquella sardina estaba rodeada por la  sensación de pertenencia a un grupo de gente genial por la que yo  sentía una gran admiración y sobre todo porque la lata de sardinas era el epicentro y punto de reunión de aquella familia para mi tan especial.

Ahora cuando en la calle coincido con la salida de los colegios y veo a las madres con una mano en el móvil y la otra arrastrando la mochila de sus hijos mientras mecánicamente atosigan a su prole para que engullan los bollitos manufacturados o la golosina de moda, recuerdo mis tardes de merienda en pandilla sentados en la acera esperando dar el último bocado para seguir  correteando, entonces no había obesidad infantil ahora el problema es el sedentarismo y el consumo de productos industrializados y aunque recomiendan volver a la antigua costumbre del bocata nada podrá ser igual que la sardina en familia y sin televisor.


EL PAN ES EL ALBORNOZ DE LA SARDINA AL SALIR DEL  BAÑO DE ACEITE

1 comentario:

  1. Entrañable y merecido recuerdo a una señora y madre ejemplar

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Este soy yo

Hace ya muchos años que las circunstancias me hicieron dejar Salamanca por motivos profesionales, instalándome en Barcelona. Añoro mis raíces y cuando vuelvo pueden encontrarme paseando solitario a primera hora de la mañana por las calles que tanta cultura han acogido. Salamanca sigue presente en mí.
Siempre he sentido la necesidad de comunicar mis sentimientos, por si lo que a mí me parece interesante a alguien le pareciera útil.
Joaquín Hernández
Salamanca/Barcelona